Como aficionado, comprendo perfectamente lo que sintió el francés Sebastián Castella en Las Ventas cuando al "cuajar" la faena de su vida hasta rozar la gloria, se percataba como ella se esfumaba de sus manos, cual incienso imposible de atrapar, al no acertar en la llamada suerte suprema, ante un portentoso negro listón, llamado "Cantaor", venido de las dehesas de Victoriano del Río, herrado marcado con el 79 y 572 Kg en la romana madrileña.
Después de observar al hombre torear con tanta verdad, con tanta verticalidad, con tanta quietud, con tanto poder, arrojo y convicción. Luego de ejecutar la suerte de muleta como manda el canon: "parando, mandando y templando". Disfrutando del modo como bajaba el engaño, con la mano de la verdad, embarcando la embestida y metiéndolo en los canastos, sin violencia, sin rudeza, con lentitud, con garbo, con finura y arte, respetado la distancia y los terrenos.
Luego de apreciar el modo como los pitones acudían a cada cita con alegría, con prontitud, con humillasion, con fijeza, sin codicia, sin colarse, sin protestas, dejándose, colaboradores y obedientes, mientras gozábamos de la bravura de un toro que pasaba y repetía una y otra vez, por ambos lados, sin guardarse ni regalar nada.
Y, finalmente, recrearse en ese encuentro de ambos, en el embroque deseado, buscado y logrado.
Ver el modo en los dos tejían una obra maestra, con las agujas que solo un buen toro pueda regalar y bien torero puede usar. Ganándole junto el pulso a la muerte, en una larga danza que llegó al filo del tercer aviso.
Pero como la imperfección es parte de la naturaleza humana, llegó el momento del yerro, de Castella, seguramente, por sucumbir al peso de Madrid e irse con el acero dudoso y sin el acierto que contrariamente había demostrado hasta el cansancio.
Aunque pensándolo bien, mayor equívoco tuvo el soberano y el juez que, con su mentalidad estricta de entender la lidia y un incompresible orgullo que no hace bien a la Fiesta Brava, no han evitado la ejecución de la suerte suprema, como perfectamente han podido y debido hacerlo, porque "Cantaor" tenía trapío de más y en los dos primeros tercios también cumplió con el reglamento, ganándose el derecho de regresar en sus querencias para perpetuar su casta, mientras a Castella se le premiaba con la concesión de los trofeos correspondientes.
Pero no fue así, al final, nos queda la impronta de un torero sentado en el estribo impotente y frustrado, rechazando la ayuda imposible de ofrecer, de un hombre que solo desea estar solo mientras se va a los medios y mira al cielo buscando una explicación que no llega; mientras los despojos de Cantaor recorren solemnemente el ruedo de un frío e injusto templo.
Inmerecida imagen que no describe lo que realmente ocurrió.









