jueves, abril 16, 2026

FERIA DE ABRIL / Morante sueña una faena de Puerta del Príncipe

 

Soñó el toreo, lo hizo y nosotros lo vimos. Y nunca lo olvidaremos: de rabo era, pero pinchó y, aun sin trofeos, una marabunta lo aupó a hombros por la puerta de cuadrillas. *** Gran presentación de Víctor Hernández, que corta una oreja en el buen debut ganadero de Álvaro Núñez; torería sin rematar de Juan Ortega


¡Qué es esto, Dios mío! ¿Qué es esto que nuestros ojos, incrédulos y nublados, aún se niegan a creer? Que se pongan en pie los Gallo, Joselito y Rafael. Que repiquen las campanas de la catedral, que toquen a gloria de abril, que los telediarios abran con la faena de rabo de Morante de la Puebla, una faena de Puerta del Príncipe. Aunque el acero se llevara los premios... Que lo alcen a hombros para que el Guadalquivir guarde por siempre el reflejo de un torero para la Historia, de un torero sin tiempo que ha vuelto, señores, ¡mejor que se fue!

Una marea humana, completamente enfervorecida, se lanzó al ruedo para sacarlo en volandas. «¿Qué quieren hacer conmigo?», parecía preguntarse el maestro. Por el arco más codiciado querían verlo, pero la pasión se topó con las normas de la autoridad en el santuario maestrante. ¡Al carajo las reglas cuando el pueblo habla y la emoción se desborda! Al carajo cuando un tío hace así el toreo. Sevilla era el templo; Morante, su dios. «¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla, Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!», coreaban. Manos al cielo, gargantas desgarradas y la Maestranza entera convertida en un solo clamor. Por la puerta de cuadrillas lo sacó la multitud, por esa calle Iris en la que casi derrumban los muros. No cabía ni el lápiz del apuntador entre tanta pasión.

Inolvidable la tarde de José Antonio, desnudado su misterio, que no es otro que el mismísimo misterio del toreo. Grandiosa. Inconmensurable. Pongan los adjetivos que quieran, que don Santiago Muñoz Machado proponga ya en la RAE incluir el 'morantismo', una religión, en el diccionario. Que en las bibliotecas se lea a Morante, que en la facultad de Bellas Artes se estudie a Morante.

Completísima su obra, desde la bienvenida pegado a las tablas, soltando largas con el capote a una mano. Una, dos, tres, cuatro… y seguía, imperturbable, aunque Colchonero saliera suelto y bravo. Hasta acariciarlo con las diez yemas con la hondura de su verónica: pecho henchido, mentón bajo y una media que anunciaba la primavera de su otoñal tauromaquia. Hasta las imperfectas eran bellas por puras. Sonó la música y miles de almas se pusieron en pie como un solo hombre. En pie se vivirían prácticamente aquellos veinte minutos, con la ilusión crecida en unas tijerillas de añejo aroma. Qué maravilla. Pero había más: ¡Morante pidió los palos!

En la silla de tijera

Ya habíamos contado en nuestra newsletter que el cigarrero andaba obsesionado con los rehiletes antes de su reaparición. Y con su decimonónica montera calada nos trasladó a otro siglo. De antología el segundo par. Pero quedaba más: pidió una silla al palco de ganaderos y se sentó en el trono junto al umbral principesco. Con la pierna por alto, con los garapullos veletos y con un quiebro por los adentros de bárbara ejecución. Y sobre su trono -le habían lanzado dos sillas- desplegó la muleta por ayudados por alto de estampa gallista, con Rafael resucitado. Desgañitadas las gargantas, incapaces de tragar ahora una gota de gintonic. Y mira que volaron vasos durante la calurosa tarde. Pero en ese momento hasta el corazón se paró, quieto ante aquel temblor general. Temblaba hasta la banda. Soplaron en la grada que sonaba 'Currito de la Macarena' mientras Morante regalaba un molinete y derechazos a compás, aguantado el parón de un toro con clase y, sobre todo, nobilísimo en el buen debut del ganadero Álvaro Núñez.

Todo lo dibujaba despacio, con relajo. Sonreía Morante, porque torero que no sonríe se le borra la cara, ¿verdad, Faraón? Sonreíamos todos, niños y abuelos, jóvenes y cincuentones. Locos todos. Felices los miles que habían abarrotado los tendidos, que se sentían partícipes de algo eterno: «Esto ni lo hemos visto, ni lo vamos a volver a ver». Brotó entonces el esplendor de un cambio de mano inconmensurable, completamente redondo. Eternidades de Morante sobre el albero mientras colocaba la cara Colchonero. Frente a ella arrancó un cante aún más jondo, con el pecho ofrecido, con la pureza valiente, con el compás que parte camisas y hasta corazones. Buscaba la gente los pañuelos antes de que se perfilara para matar, y no uno, ni dos, sino tres. Aquello era de rabo, una faena más excelsa aún que la de los máximos premios del 23. Era de patas, de toro entero. Pero pinchó, pese a tirarse derecho como una vela, tuvo que descabellar y la presidenta no atendió la petición de oreja. Saboreó el sevillano la vuelta al ruedo, con el tendido coreando «¡Jo-sé-An-to-nio-Mo-ran-te-de-la-Pue-bla!» Hasta las marismas llegaba el eco. Otra más le obligaron a dar. Todavía nos frotábamos los ojos: ¿era un sueño? Morante lo soñó, Morante lo hizo y nosotros lo vimos. Y nunca lo olvidaremos.

La tarde se había abierto con un Nenito -el menos guapo del sexteto- a la defensiva, con el que Morante salió ya con la espada de matar: ay, si esa estocada se la pega al cuarto... Otro aire tenía el bonito segundo, en el que Juan Ortega sorprendió marchándose a la puerta de chiqueros. «¡Déjate de portagayolas, que lo tuyo son las verónicas!». Y qué media deletreó, de circular geometría. Hasta más allá de la cadera. Andaba inspirado el de Triana en una faena preciosa, cargada de torería, con un muletazo tremendo en la apertura y en la espera a Campiñero. El derecho era el pitón, que por el zurdo lo empaló. Ni una línea tiró Juan, pero tampoco remató.

Aires de Galapagar

Víctor Hernández había dejado sus credenciales desde su turno de quites. De escuela tomista parió su capote unas gaoneras ceñidísimas. Y explosivo fue su saludo al tercero, un toro de mucha clase, que con un tranco más hubiese sido extraordinario. Había un runrún en el ambiente cuando se aplomó por estatuarios en la apertura. Nadie pestañeaba mientras alzaba un monumento con aires de Galapagar. Porque en el espejo del torero de autenticidad absoluta se mira el de los Santos de la Humosa. Qué manera de torear, asentado, serenísimo, con la cintura rota, con los vuelos echados y pisando el sitio de la verdad. Sevilla supo ver su izquierda y aplaudió su sincera colocación, su despaciosidad ante aquella embestida de tanta calidad. La tardanza en cuadrar al toro pareció enfriar aquello, pero no: cortó una oreja de ley y fue ovacionado en el sexto. Permanecía entonces el eco inmortal de la obra maestra de Morante, que se sentó en el trono de Sevilla para soñar la Puerta del Príncipe. O tal vez era la Puerta del Príncipe la que soñaba con Morante: no, no existe hoy un genio igual.

FICHA DEL FESTEJO

Real Maestranza de Sevilla. Jueves, 16 de abril de 2026. Sexta de abono. Cartel de 'No hay billetes'. 

Toros de Álvaro Núñez, con tres buenos toros en su debut: segundo, tercero y cuarto.

Morante de la Puebla, de rioja y oro: estocada y descabello (silencio); pinchazo, media tendida y dos descabellos (petición y dos vueltas al ruedo).

Juan Ortega, de pistacho y oro: estocada baja (petición de oreja y saludos); estocada (silencio).

Víctor Hernández, de sangre de toro y oro: estocada (oreja) y estocada (saludos).

/// Rosario Pérez / Diario ABC de Madrid Sevilla

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