lunes, febrero 13, 2023

ORDEN, orden y orden


Pan y Toros

Madrid,  20 de abril de 1896

Por. Leopoldo Vázquez. 


No es posible, en manera alguna, que las fiestas de toros satisfagan a las personas inteligentes que las presencian, ni tengan lucimiento, en tanto que la lidia se lleve a efecto sin orden ni concierto, porque no hay toros que las resistan ni que con ellas puedan dar juego. Y de ello tienen principalísima culpa, en primer término, los espadas a cuyo cargo corre la dirección de la lidia; según unos, por su falta de carácter para hacerse obedecer de los peones y dependientes de la Plaza; y según otros, por su desconocimiento de lo que llevan entre manos y del arte a que se dedican. Defectos ambos tan malo el uno como el otro, porque el resultado para el espectáculo es exactamente el  mismo.


Y mi opinión en el asunto está con la de aquellos que lo atribuyen a falta de conocimiento de las más rudimentarias prácticas del toreo; porque no otra cosa puede presumirse en quien tolera que se aburra a los toros, como hoy se hace, para que lleguen al último tercio con tal cúmulo de resabios, que no hay matador que pueda dominarlos con la muleta, por bien que ésta se maneje, ni entrar a matar con la tranquilidad y decisión que son precisas para el mayor lucimiento de los mismos interesados.

Que no hay quien a sabiendas tolere aquello que luego haya de perjudicarle. Desconocimiento del arte indica tolerar que en cuanto un toro sale a la arena invadan los peones el redondel y le recorten y harten de percal antes de que entren en juego los picadores. Desconocimiento de lo que es la lidia de toros hay en permitir que a la izquierda de los pechos de los caballos, y rebasando la línea de los mismos, se sitúen los espadas todos que toman parte en la corrida y algunos peones, formando numeroso grupo, con el aditamento de los monos sabios que rodean al jinete y algún lidiador que se sitúa al lado derecho del picador, porque así no hay toro que no entre incierto en la suerte.

Desconocimiento manifiesto es autorizar que en los quites se separe a los toros demasiado del terreno, para que haya precisión de volverlos a fuerza de percal a entrar en suerte. Desconocimiento implica desde luego autorizar que para banderillear se den a los toros innumerables capotazos, cuando ésta es una de las suertes que menos preparación requiere, puesto que en la mayor parte de los terrenos puede ejecutarse ajustándose a las condiciones de las reses, salvo en contadas ocasiones. Como desconocimiento y algo más que desconocimiento demuestra el tolerar el exceso de gente que acompaña a los espadas en el último tercio de la lidia, que más que auxilio son estorbo constante para los matadores, y contribuyen a concluir de aburrir y descomponer a los cornúpetos, en tal forma, que no es posible corregirles de los más pequeños defectos, puesto que la mucha gente los aumenta. Y el exceso de gente ni en la guerra es bueno. Y desconocimiento supino demuestran de lo que es el toreo otras muchas cosas que a diario venimos presenciando, toleradas por los espadas, y que redundan en su perjuicio y en desdoro del espectáculo.


Si lo dicho no fuera suficiente para demostrarlo, ahí están las tres corridas primeras de la temporada celebradas en nuestro circo, que son la prueba más palmaria de lo que decimos. No venimos por esto a defender el ganado lidiado en ambas; pero sí a poner de manifiesto que otra cosa hubiesen resultado a haber hecho la lidia con el orden debido y apropiada a las condiciones del ganado de cada una de las ganaderías. Que la buena y ordenada lidia, como la mala y en desorden, transforma por completo a los toros, mejorándolos o empeorándolos. Y mientras esto no se tenga muy presente, y los encargados de dirigir la lidia sigan por tales derroteros, sin ver claro en el asunto, no habrá toro que dé juego, ni aficionado que pueda salir satisfecho de una fiesta en que la inteligencia del hombre para dominar a una fiera con lucimiento ande a los pies de los caballos.

/// PAN Y TOROS, revista ilustrada considerada como la primera especializada en tauromaquia que introdujo el reportaje fotográfico taurino de la mano de Julio Prieto y José Irigoyen Zabaieta, fallecido este en 1911. También ocupó un papel destacado en la publicación el dibujante Emilio Porset, primer pintor de la edad de oro del cartelismo taurino, que fue su director artístico, como también lo fue Francisco Navarrete Sierra. Su director literario  fue el periodista, escritor y dramaturgo Leopoldo López de Saá (1870-1936). Comenzó a publicarse el seis de abril de 1896, sin que, probablemente, reapareciera en la temporada de 1898, tal como había anunciado en su último número, del 13 de diciembre del año anterior.

 

 

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